Inicio / Archivo / Diez historias alrededor de Bobby Fischer

Diez historias alrededor de Bobby Fischer

Robert James Fischer, nacido en Chicago, el 9 de marzo de 1943, y fallecido en Reikiavik, el 17 de enero de 2008, a los 64 años -curiosamente el mismo número de cuadros que un tablero de ajedrez-, fue uno de los mejores ajedrecistas de la historia de este juego y su mayor leyenda. Su atribulada vida, con familia de utilería: madre paranoica, padre oscurecido y hermana ausente, fue atrapada por la literatura, representada en el teatro y adaptada por el cine. Poseedor de un coeficiente intelectual superior a Einstein volcó toda su libido en descifrar los entresijos del juego. En 1972, a los 29 años, se convirtió en el duodécimo campeón mundial de ajedrez interrumpiendo el homogéneo reinado soviético desde 1948.

1.- Su verdadero linaje
El pequeño Bobby nació en el Hospital Michael Reese de Chicago, el 9 de marzo de 1943 y fue registrado como Robert James Fischer, hijo de Regina Wender (enfermera suiza) y Hans Gerhardt Leibscher (biólogo alemán, que había modificado su apellido por el de Fischer, para que la fonética suavizara su condición de judío en tiempos en los que se arraigaba el antisemitismo en Alemania); la pareja se conoció y se casó en Moscú en 1933, pero el amor huyó como el verde en otoño; se separaron en 1937 tras el nacimiento de su hija Joana (hermana y seis años mayor que Bobby). En 1938 simulando una cordial convivencia familiar, los Fischer intentaron su ingreso a Estados Unidos, pero Hans fue rechazado por su nacionalidad y vínculos con el Comunismo. Ante la negativa del Departamento de Migraciones, siguió solo su marcha hacia Chile. Recién en 1945, Regina y Hans firmaron el divorcio; allí el investigador alemán se enteró que era padre de un niño, sin haber participado del parto ni el convite.

Con la desclasificación de los archivos secretos del FBI, en 2000, se conoció que el padre biológico del pequeño Bobby fue un tal Paul Félix Nemenyi, un científico húngaro que trabajó en el Proyecto Manhattan bajo las órdenes de Julius Oppenheimer y Hans Bethe en la fabricación de la primera bomba nuclear.

2.- El ajedrez en sus años de infancia y el primer profesor
No fueron tiempos sencillos para mamá Regina salir a la búsqueda del sustento para sus dos hijos, bajo su condición de madre soltera, frente a la sociedad americana de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Sus trabajos temporales de soldadora, remachadora, granjera, taquígrafa o maestra le quitaban tiempo para la atención de sus hijos que pasaban gran parte del día a solas. En 1949, los Fischer alquilaban una habitación en East13th Street en Manhattan, a cambio de u$s 45 mensuales. Ese año Bobby conoció el ajedrez (su hermana le regaló para su sexto cumpleaños, un juego de plástico por valor de u$s1).

El gran interés que el chico manifestó por el juego obligó a su mamá ir a la búsqueda de un profesor que se ocupara de la atención del niño y acompañara sus progresos. En 1950, en un nuevo domicilio en Brooklyn, en la intersección de Union Street y Franklin Street, Regina Wender puso un aviso en el periódico del campus de la universidad local: “Se busca niñera para colegial de 8 años. Tardes y algunos fines de semana, a cambio de habitación con derecho a cocina”.

Con la desclasificación de los archivos secretos del FBI, en 2000, se conoció que el padre biológico del pequeño Bobby fue un tal Paul Félix Nemenyi, un científico húngaro.

Se presentó un joven estudiante de matemáticas, que incluso sabía jugar al ajedrez. Biógrafos de la vida de Bobby Fischer aseguran que tras los saludos formales entre Regina, Bobby y su flamante profesor, el niño miró fijamente a los ojos a su futuro educador y le preguntó: “Tú eres campeón mundial de ajedrez”. A lo que el estudiante de matemática se atajó y respondió rápidamente: “No Bobby, yo sólo soy tu profesor de ajedrez”. Tras un breve silencio el niño reaccionó con la velocidad de un rayo, y lo sentenció: “¿Y cómo me vas a enseñar a ser campeón del mundo, si tú no lo lograste?”. Así fue como el aspirante al cargo presentó su renuncia sin haber asumido.

3.- La escuela y una compañía especial
En 1952, Regina consiguió una beca para matricular a Bobby en el colegio “Brooklyn Community Woodward”, una escuela progresista de 150 alumnos, cuya enseñanza se basaba en los principios de Johann Pestalozzi, educador suizo del siglo 18 que se oponía a los ejercicios de memorización y la disciplina estricta. Los pupitres en el aula no estaban colocados de manera fija y fomentaba el estudio a través del juego. Tal vez porque Fischer y la escuela eran como alfiles de distinto color, jamás el joven logró adaptarse.

Las autoridades del establecimiento consiguieron morigerar su enfado cuando lo señalaron para que fuera el encargado de la enseñanza del ajedrez a sus compañeros. La calma fue pasajera pero al menos consiguió completar la primera etapa de estudios. Luego en su adolescencia, y gracias a los esfuerzos de sus profesores de ajedrez Carmine Nigro (Presidente del Club de Ajedrez de Brooklyn) y Jack Collins -reemplazantes de la figura paterna ausente-, Bobby fue admitido para completar el secundario en una escuela privada: el Instituto Erasmus Hall de Brooklyn. Para la formalización del ingreso se le practicó el primero y único test de Capacidad Intelectual al que fue sometido; el resultado arrojó una puntuación superior a la obtenida por Albert Einstein. Si bien no era un alumno conflictivo, Fischer con su prodigiosa inteligencia no sacó provecho de esa selecta formación. Una de sus compañeras de aula fue Barbara Streisand, la mujer que años más tarde se convertiría en una de las estrellas más rutilantes de la música y el cine de ese país. “Bobby y yo fuimos dos inadaptados en el aula; almorzábamos juntos y guardo fresco el recuerdo de su risa a carcajadas mientras leía la revista Mad.

También era habitual verlo con la mirada apuntando el infinito y haciendo profundos silencios. Sé que era un chico singular, pero para mí era bastante sexy” aseguró la artista que vendió más de 200 millones de discos en el mundo.
Fischer completó la escuela hasta los 16 años, es decir hasta la edad legal a la que estaba obligado para su formación. Luego se marchó y jamás regresó. Guardaba un singular enojo contra su formación: siempre culpó al colegio como una pérdida de tiempo que le impedía dedicarle más horas al estudio de ajedrez.

Enterados de ese pensamiento, un grupo de ajedrecistas argentinos que conocieron a Fischer cuando llegó a Buenos Aires en 1960, con 17 años, para jugar el Magistral del Sesquicentenario de la patria, entre ellos, Dan Beninson y los maestros Oscar Panno y Raúl Sanguineti decidieron invitarlo a cenar esa noche, y aprovechar el encuentro para aconsejarlo de la importancia de la educación en su formación. “¿Bobby, qué vas a hacer con el colegio, deberías seguir estudiando, no te parece?”. Tras una pausa eterna, el joven miró a todos sus acompañantes y en perfecto castellano les respondió: “El colegio es inservible; allí no te enseñan nada”, y antes de una eventual repregunta, completó: “La escuela no sirve, hay que levantarse temprano y lo peor es que no se gana plata”.

 4.- Asistente de Bobby Fischer

En el mundo del ajedrez, el trabajo del asistente o analista del maestro puede sobrepasar los límites del tablero e incluso puede sufrir alguna transformación y convertirse en ayudante, acompañante, asesor, defensor e incluso mucamo. “Uno está allí para acompañarlo y se somete a sus deseos y hace de todo por complacerlo”, contó alguna vez el gran maestro argentino Oscar Panno, tras su experiencia como analista de Víktor Korchnoi en su match con Anatoly Karpov en 1978, en Filipinas.

En 1958, a los 15años, Bobby Fischer (campeón norteamericano) fue invitado al torneo Interzonal en Portoroz (Yugoslavia); la competencia con 21 jugadores clasificaría a los 6 mejores al Ciclo Candidatos y de allí surgiría el desafiador al título mundial en poder del soviético Mikhail Botvinnik. Fischer viajó acompañado por Jack Collins y William Lombardy (seis años mayor que Fischer y flamante campeón mundial juvenil en Toronto, en 1957). “Bobby se lava los dientes todos los días, pero tiene algunos problemas para bañarse”, le transmitieron vía telefónica a Regina que quería tener un informe diario de su hijo.

“La escuela no sirve, hay que levantarse temprano y lo peor es que no se gana plata”

Bobby jugó de manera brillante y alcanzó el 6° lugar entre los mejores; además se convirtió en el ajedrecista que a más temprana edad (15 años y 6 meses) lograba el título de gran maestro. Pero no contó con la permanente atención de Lombardy (viajó también como representante de la federación norteamericana de ajedrez) ya que estuvo muy ocupado en las reuniones del Congreso de la FIDE y sin tiempo para Fischer. Por eso, para el siguiente paso, el Ciclo Candidatura (que por propuesta del dictador yugoslavo Mariscal Tito -fuerte aficionado al ajedrez-) se jugaría en la ciudad de Bled, Zagreb y Belgrado, la federación norteamericana decidió la contratación del maestro danés Bent Larsen como analista de Bobby Fischer.

Tras una escala en Zurich, Bobby llegó a Yugoslavia provisto de una pesada valija con bibliografía de ajedrez, y algunas obras clásicas de la literatura. La relación y convivencia de maestro-asistente, entre Fischer y Larsen arrancó muy mal. En la primera semana de la competencia Bobby sufrió un fuerte resfrío, incluso con altos grados de fiebre. Su juego decayó y eso le costó algunas derrotas sorpresivas en las primeras ruedas. Larsen, preocupado, consultó con un médico y le solicitó alguna medicación para que su pupilo se restableciera rápidamente. Entre las sugerencias del profesional se indicaba la aplicación de varias sesiones de vahos durante el día.

Pese a los ruegos de Larsen, que ya había dejado atrás su función de asistente por la de responsable de la salud del niño, Fischer se negaba a colocar su cara frente al vapor de una olla con agua y con su cabeza cubierta por una frazada. Desesperado el danés le dijo, “Bobby, no puede ser; tienes que curarte rápido para volver a jugar. Y los vahos son la solución”. Fischer lo escuchó y con sus 15 años a cuestas le dijo, “sólo con una condición”. Revolvió entre los libros ocultos en su valija y sacó un ejemplar de “Los tres cerditos” fábula animada que popularizó Walt Disney. “Sólo me haré los vahos si tú me lees este cuento durante cada sesión”. Frente al desconcierto, y sin reacción, Larsen, aceptó la propuesta que redundaría en una rápida recuperación del joven, y que destrabó el conflicto para que la relación siguiera su curso hasta el final del certamen. Una aclaración, nunca más Fischer y Larsen volvieron a trabajar juntos.

5.- La cantidad de trajes
La juventud e inexperiencia de Bobby Fischer no eran sólo los estigmas que lo diferenciaba con el resto de los grandes maestros. También golpeaba a la vista, la elección de su vestimenta. Es que mientras los ajedrecistas se presentaban a jugar con camisa y saco, incluso algunos de traje y corbata, el joven norteamericano concurría a los torneos con zapatillas, jeans, remeras arrugadas y el cabello desaliñado. En 1960, Bobby acompañado por Miguel Najdorf quiso ingresar al Casino de Mar del Plata pero no tenía un saco para su admisión.

Najdorf, que le gustaba hacer ostentaciones exageradas de sus posesiones, le dijo, “no hay problemas, Bobby. Te presto uno; yo tengo 25 trajes”. Fischer se quedó asombrado que alguien pudiera tener un vestuario tan amplio. Cuando tiempo después Bobby cultivó su autoestima y disfrutaba de ser el mejor y más popular entre sus colegas, utilizó parte del dinero de los premios en la compra de trajes de buena calidad. A fines de los sesenta, Fischer y Najdorf se reencontraron en un aeropuerto. Sin tiempo para los saludos, Bobby le preguntó a Don Miguel si aún contaba con 25 trajes. Najdorf que ni recordaba la escena del Casino le respondió, sin titubeo, “por supuesto”. A lo que Fischer comenzó a reírse a carcajadas y a los gritos le dijo: “Acá también te superé Miguelito. Yo ya tengo 26”.

6.- El sello de goma
Aseguran varios maestros que en los años sesenta durante las competencias en el exterior, el gran maestro Miguel Najdorf acostumbraba a comprar varias postales del país visitante y solía enviárselas a sus amigos. Pero si compartía el hotel con Bobby, lo llamaba a su habitación y le solicitaba un autógrafo de regalo para cada postal. Eso era algo que lo fastidiaba a Fischer. El malhumor fue en ascenso con cada encuentro, hasta que un día enfrentó a Najdorf y le dijo: “Ok, sólo dos esta vez. Si deseas más, cada firma tendrá un costo de u$s1”.

Cuando Fischer estuvo en la Argentina, en 1970 (para jugar el Magistral en el Teatro San Martín) y al año siguiente, en el mismo teatro para disputar la final del Candidatura con Petrosian, el público a raudales lo aguardaba al final de cada juego para pedirle un autógrafo. En aquellos tiempos, el periodista y locutor, Antonio Carrizo (gran aficionado al ajedrez, que además fue presidente de la Federación Argentina de Ajedrez), en una charla con Fischer descubrió el fastidio del ajedrecista por tener que estampar su firma en cualquier papel o libro que el público le acercara. Con un guiño cómplice al resto de los asistentes a la conversación, Carrizo, conteniendo la risa y con voz entrecortada le dijo: “Sí es cierto; se trata de un gran problema. Tal vez lo mejor sería que te hagas un sello de goma con tu nombre Bobby, y así evitarías todo tipo de dedicatorias”. Fischer se quedó pensativo y no emitió respuesta. El grupo de amigos que acompañaba a Carrizo contuvo las risas y también guardó silencio.

Pero algunas semanas después, Carrizo visitó el Teatro San Martín cuando ya habían concluido todas las partidas de la jornada. A paso lento por el teatro se topó con un gran número de personas que aún permanecían sobre el escenario de una de las salas. Siguió atentamente lo que allí sucedía. Es que entre gritos, saludos y agradecimientos, el popular periodista podía escuchar dos golpes secos, “Clack – Clack” que sobresalían del aquel bullicio. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que el que provocaba todo ese escándalo era Fischer con su flamante sello de goma y una almohadilla. Cuando Bobby reconoció al locutor, soltó un gritó eufórico: “esto es fantásticouuu” y siguió golpeando con fuerza su sello y regalando a su peculiar autógrafo.

7.- Perseguido
Para entender esta historia hay que conocer al personaje; Bobby Fischer desde el mismo momento que decidió dedicar su vida por completo al ajedrez desconfió de los ajedrecistas soviéticos (los acusaba que en las competencias guardaban sus fuerzas entre ellos para después jugar a pleno frente a él o los ocasionales candidatos a disputar la vanguardia), y en particular con el servicio de inteligencia de la URSS, el conocido KGB. Por ello se quitó las amalgamas de su dentadura por temor a que le hubieran ocultado un diminuto transmisor. Tampoco consumía medicación alguna. E incluso, se supo por comentarios que Fischer guardaba a manos en sus bolsillos un brebaje para inocular algún tipo de veneno que le dieran de manera descuidada. Sus manías también se trasladaban con sus salidas a los restaurantes o confiterías, ya que siempre necesitaba ubicarse en alguna mesa desde donde pudiera visualizar la entrada del público al local.

Una noche de 1970, tras disputar su partida en el Magistral de Buenos Aires, Bobby Fischer invitó a cenar a dos jóvenes argentinos que en el certamen actuaban de fiscales. Es decir, eran los encargados de ayudar a los árbitros en la reproducción de las partidas en los boletines informativos y en el acondicionamiento de la sala de juego. Fischer cenó con Daniel Green y Andrés Alisievicz en el restaurante “Arturito” de la avenida Corrientes al 1100. Obviamente que toda la conversación fue entorno del ajedrez y Fischer mantuvo durante la cena su tablero plegable de viaje sobre la mesa analizando, una y otra vez los movimientos de su última partida. Tras el encuentro, los comensales emprendieron el regreso a bordo de un mismo taxi. Fischer, debía ser el primero en bajarse dado que estaba alojado en un hotel de la calle Sarmiento. Cuando el taxista tomó la calle Cerrito y siguió de largo sin doblar en Sarmiento nadie advirtió que el semblante de Fischer se había transformado.

En el primer semáforo que se detuvo el auto, sin mediar palabra, Bobby abrió la puerta trasera del taxi y salió corriendo de manera alocada por la noche porteña. Sus acompañantes quedaron anonadados ante tamaña escena. Evidentemente había desconfiado de la actitud del chofer y cambio de rumbo, por lo que emprendió esa cinematográfica huida. Pero fue más extraño aún, cuando al día siguiente en la sala de juego, Green y Alisievicz esperaban ansiosamente la llegada de Fischer y escuchar de su voz lo que verdaderamente le había pasado. Sin embargo, como todas las tardes, Bobby ingresó al salón momentos antes del juego, apenas hizo un gesto mínimo de saludo hacia sus amigos fiscales y se sentó a jugar sin más palabras. Jamás le contó a nadie lo que le había sucedido la noche anterior en Buenos Aires.

8.-Napoleón
Entre el 9 de noviembre y el 12 diciembre de 1970, Bobby Fischer participó del Torneo Interzonal de Palma de Mallorca; capital de la isla, que junto a Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera componen el archipiélago balear sobre el Mediterráneo. Palma, ciudad turística por antonomasia y sitio elegido por la Realeza española para su descanso (en el castillo de Bellver), recibió a los mejores 24 ajedrecistas de aquel momento que disputarían la competencia y de la que sólo los seis mejores clasificados accederían al Ciclo Candidatos. El Interzonal de Palma fue el último torneo oficial que disputó Fischer en su carrera, y en el que brilló con todo su esplendor. Le sacó tres puntos de ventaja al lote de escoltas, ganó las últimas 7 partidas consecutivas que sumada a sus siguientes pasos en el Candidatura lo ubicó frente al record aún hoy vigente de 20 victorias consecutivas ante grandes maestros.
Curiosamente en la última jornada, Fischer, ya ganador del certamen debía jugar con el gran maestro argentino Oscar Panno. Pero un cambio en la reglamentación, por parte de los organizadores, molestó al Ingeniero Panno que decidió no presentarse a jugar. Las partidas estaban programadas para las 16 horas del sábado, pero como Fischer respetaba el Sabbat el juego fue reprogramado para las 19. El malestar del argentino sucedió porque él advirtió con antelación a los organizadores que las partidas de la última rueda debían empezar todas al mismo horario y que si no lo respetaban, él no jugaría. Los organizadores le dijeron que se ocuparían del tema pero no fue cierto. Al parecer Fischer no estaba enterado del sainete; por eso cuando llegó a la sala a las 19 y advirtió que no estaba su rival enseguida comprendió que no habría partida.

Fischer salió disparado a la habitación de Panno y tras algunos golpes a la puerta, ésta se abrió: “Vamos Oscar, tenés que venir a jugar”. Panno le agradeció el gesto pero le explicó porqué no lo haría y sólo lo acompañó hasta la mesa de juego para firmar la planilla y decretar su abandono sin haber ejecutado movimiento alguno.

“Pero no, Oscar. ¿Cómo no vamos a jugar?”, le suplicó Fischer, y agregó,¿qué otra cosa podemos hacer en Mallorca que no sea jugar ajedrez?.
Panno sorprendido le dijo, “Bobby hay muchas otras cosas que se pueden hacer, y vos tendrías que ocuparte de conocer y de informarte más”. Fischer lo contemplaba con respeto y en silencio. Y el maestro argentino siguió con su arenga y se atrevió a sugerirle. “Un muchacho como vos no puede ser que no sepa quién fue Napoleón”. Bobby, abrió los ojos como niño en un zoológico, se frotó sus dedos sobre la frente como intentando hacer memoria, y tras una pausa, le respondió: “¿Napoléon?, ¿Napoleón?, yo nunca jugué con él. ¿Qué torneo ha ganado?.

9.- La dama en el bolsillo
Esta historia real sólo tiene de incierto su lugar de origen. Muchos aseguran haber sido testigos y que la misma ocurrió en 1971, semanas después que Fischer le presentara al Ministro de Acción Social de la Nación, Francisco Manrique, una carta de intención para ser ciudadano argentino. A cambio, el genial ajedrecista solicitaba: una casa, sus comida pagas, y u$s1000 mensuales. Durante 90 días el ex campeón mundial aguardó una respuesta que nunca recibió. La nota quedó guardada en algún rincón en el corazón del olvido.

Mientras tanto, para hacer menos tensa la espera, Fischer eligió recorrer el país y visitar distintos clubes del interior. A cambio de u$s 100, por sesión, Fischer promocionaba el ajedrez con exhibiciones simultáneas con única condición que sus rivales reprodujeran por escrito las partidas. Él creía que los jugadores principiantes realizaban a veces buenos movimientos, y que tal vez si él los analizaba con mayor atención podría perfeccionarlos.

Una tarde, en un punto de la Argentina, Bobby se presentó a jugar una simultáneas ante 20 ajedrecistas, algunos eran aprendices pero también había expertos. Lo que no se imaginó que entre ellos había un fullero. Tras algo más de media hora, Fischer que llevaba las blancas en cada tablero, tenía una importante ventaja en la mayoría de las partidas. En una de ellas había maniatado a su rival e incluso estaba a punto de vencerlo; en su última rueda (el maestro ejecuta el movimiento y continúa con su siguiente rival hasta completar la hilera, y recién entonces regresa sobre sus pasos y vuelve a comenzar desde la primera mesa), Fischer le había “comido” la dama (la piezas más importante del juego). Tomó la reina negra y la posó sobre un costado de la mesa, fuera del tablero de juego. Y siguió su marcha. Pero cuando completó los 20 tableros y regresó a la mesa de su “agonizante” rival, Fischer advirtió que algo extraño había sucedido con la posición de las piezas y ahora era su enroque el que estaba en riesgo. Tras unos instantes Fischer descubrió la celada: su rival había vuelto a tomar la dama, que Bobby le había capturado en la vuelta previa, y ahora, la reina se ubicaba en una casilla amenazante contra la defensa de Fischer.

Con cara de póquer, Fischer encontró la justa respuesta y siguió su curso, no sin antes soltar una risa burlona hacia el cielo. La exhibición siguió su curso y el genial ajedrecista fue reduciendo el número de competidores con victorias fulminantes y haciendo más rápido cada giro sobre los tableros aún sobrevivientes. Después de varias vueltas volvió a estar, cara a cara, con el rival que había pretendido engañarlo. Bobby meditó más tiempo de lo habitual hasta que encontró la jugada con la que le tomaría la reina (sería la segunda vez que pasaría en la partida, algo inédito). Tras la respuesta de su adversario, Fischer movió sus manos con rapidez y capturó la pieza más importante de su contendiente. Le tomó la dama. Se quedó mirando la pieza y la cara de su rival. Amagó apoyar el trebejo sobre un costado de la mesa (como había sucedido hacía poco más de media hora), pero esta vez fue más listo. Apretó fuerte la dama y se la guardó en el bolsillo. Ya no volverían a engañarlo. Pocas jugadas después ganó la partida. Todo un maestro.

10.- Fischer y la Guerra Fría
El match en Reikiavik en 1972 entre el entonces campeón mundial, el soviético Boris Spassky y su desafiador norteamericano Robert Fischer se trató de uno de los más atrayentes duelos de la historia de este juego. El que más espacio ocupó en la prensa, cuya cobertura demandó más de 300 corresponsales. En tiempos de la Guerra Fría, el enfrentamiento entre dos representantes del Comunismo y Capitalismo despertó todo tipo de suspicacias e intereses.

De la alta carga de sainetes que se dispararon antes, durante y después del match, acaso, estas dos alocadas historias sirvan para pintar cuánto más que un título mundial de ajedrez estuvo aquella vez en juego.

El duelo debía comenzar el 2 de julio, pero Fischer no aceptaba las condiciones. Los 125 mil dólares en premios le parecían muy poco, y exigía un 30% de la recaudación por entradas y derechos televisivos. Dado que los organizadores no querían arriesgar más dinero (dudaban que la sala estuviera colmada con 4000 espectadores cada día, y necesitaban mayor ingreso para cubrir los gastos de hospedaje de las delegaciones) las negociaciones estaban estancadas. Ni siquiera la aparición de un mecenas James Slater, que ofreció otros 125.000 dólares para sumar al premio conmovieron a Fischer. En tanto la prensa internacional, en las portadas de los principales diarios del mundo acusaban al norteamericano de boicotear el match y que con sus actitudes dañaba la imagen del campeón mundial y se burlaba de los aficionados y organizadores islandeses.

Fue entonces cuando el presidente norteamericano Richard Nixon efectuó dos movimientos decisivos. Primero se comunicó con el fotógrafo de la revista Life, Harry Benson para que le transmitiera al propio Fischer el gran respeto que sentía por él, porque lo consideraba un luchador, y que ganara o perdiera lo quería recibir al final del encuentro en la Casa Blanca. También llamó al Secretario de Estado Henry Kissinger y sólo le dijo: “por favor, resuelve esto”. Fue entonces cuando el encargado de la política internacional de EE.UU. entabló el siguiente diálogo con Bobby Fischer, que fue llevado hasta el cine.

“El peor jugador de ajedrez del mundo llamando al mejor jugador del mundo. Bobby veríamos con gran agrado que viaje usted a Islandia y venza a los rusos en su propio juego. El gobierno de los Estados Unidos le desea lo mejor, y yo también”.

Fischer solo respondió. “Iré a jugar sin importar lo que me suceda”. Tomó el primer vuelo con destino a Islandia y el 11 de julio se disputó la 1ª partida.

El siguiente disparate sucedió casi sobre la finalización del match; después de 20 partidas, de las 24 previstas para el final del encuentro, Fischer se imponía por 11,5 a 8,5 y necesitaba sólo un punto de los tres que quedaban en juego. La delegación soviética desesperada por la pérdida del reinado hegemónico de 24 años (1948-1972) recurrió a la denuncia para detener o postergar el match. Presentó un escrito a los organizadores en el que alertaba. “Fischer está influyendo en el comportamiento de Spassky; se vale de sustancias químicas o medios electrónicos”.

Fueron convocados de urgencia a la sala de juego, la policía de Reikiavik y varios científicos islandeses para que hicieran una profunda investigación de la sala de juego, mesas, piezas, relojes y sillones. El control fue tan cuidadoso que hasta se realizaron radiografías de las sillas de los jugadores. Personal policial caminaba por la sala de juego con bolsas de plástico vacías como intentando “capturar” el aire. Habían transcurrido más de seis horas de trabajo, y la delegación soviética insistía que debían extremarse los controles, y que también alcanzara a los focos de iluminación del escenario. Un policía y un asistente subidos a una escalera comenzaron a desenroscar la esfera de la pantalla de iluminación, cuando de pronto se les oyó decir. “Aquí hay algo”. Todos los presentes salieron disparados hacia el escenario. Fue entonces cuando el policía contó su descubrimiento: “Dos moscas muertas”. Fue el punto final para una noche de dislates, y telón para esta crónica.

Fuente: Infobae

Check Also

¡Gran error que omiten Grischuk y Vachier-Lagrave! | Los Super GMs también se equivocan

Hoy (31/07/2019) ocurrió una partida de esas que normalmente se ven en torneos de menor …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *